“Rásguense el corazón y no las vestiduras. Vuélvanse al Señor su Dios, porque El es bondadoso y compasivo, lento para la ira y lleno de amor, cambia de parecer y no castiga”. Joel 2:13
El nombre del profeta Joel significa “El Señor es Dios”. Su propósito era el de reunir al pueblo ante el Señor en una asamblea grande y solemne, exhortar al pueblo al arrepentimiento y regresar con humildad al Señor Dios con ayuno, lamentación, lágrimas e intercesión por la misericordia de Dios. Este profeta registró la palabra profética de Dios a su pueblo el día de su sincero arrepentimiento. En el libro de Joel encontramos la profecía del Antiguo Testamento más profunda a cerca del derramamiento pentecostal del Espíritu Santo sobre toda la humanidad. A lo largo de sus solo tres capítulos podemos ver que el profeta insiste con determinación sobre el arrepentimiento profundo y de corazón que debemos tener ante Dios a causa de nuestras transgresiones y ofensas a sus mandamientos. Pone de relieve la importancia del ayuno para honrar al Señor, como una actitud sincera para recibir perdón y anular toda maldición producto de nuestra necedad.
El profeta pide corazones contritos y humillados. Si el pueblo se apartaba de sus pecados y se volvía a Dios, El tendría misericordia de ellos. Es característico de Dios mostrar misericordia y compasión a su pueblo si con sinceridad se arrepiente. Era una costumbre, en los tiempos antiguos, que la gente se rasgara la ropa y se echara polvo de la tierra o ceniza en la cabeza para demostrar públicamente que estaban arrepentidos de sus pecados, y de esa forma pedían perdón a Dios, además de lamentarse y llorar amargamente. Sin embargo, lo que el profeta Joel nos enseña en este pasaje, es que para Dios, el arrepentimiento que realmente tiene valor y cuenta es aquel que hacemos desde lo más profundo del corazón. Es decir, que una persona cambia radicalmente su manera de pensar y de actuar solo cuando conoce la Palabra de Dios, la medita, la lleva a la práctica y se da cuenta que el pecado está marchitando su vida y que sus actos producen frutos de maldad, división, egoísmo, frivolidad, rebeldía, inmoralidad, avaricia, ira y orgullo.
Sabemos, por revelación y experiencia, que Dios es eternamente bondadoso y misericordioso. Que El conoce el corazón de cada uno de nosotros. Que El cumple cada una de sus promesas y puede cambiar de parecer, es decir nos libra de las consecuencias de nuestra maldad, si como hijos, de corazón, íntimamente abandonamos el pecado que endurece nuestro corazón y nos aparta de su presencia. Rasgar el corazón significa desnudar el alma ante Dios. Humillarse en espíritu. Postrarse de rodillas en silencio y dejar que El nos sane por dentro, porque ninguna obra que hagamos es suficiente para alcanzar el perdón del Padre. Pidamos que remueva toda suciedad y nos limpie el corazón para recibir su gracia, su amor y la luz resplandeciente de su Espíritu Santo. Ese es precisamente el plan de Dios para la humanidad: sanar, liberar y restablecer a todo aquel que acepte y reciba en el corazón a Jesucristo como su Señor y Salvador.
Oremos: Alabado Jesucristo. Hoy me humillo ante tu presencia. Rasgo mi corazón. Límpiame desde lo más profundo de mi ser. Renuévame en alma y espíritu. Quiero ser un vaso limpio para que tu gracia me llene y tu Espíritu me inunde. Cúbreme con el poder de tu sangre y permite que yo sea un siervo(a) tuyo en todo lugar. Amén.

