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INVITEMOS AL CUMPLEAÑERO

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“El nogal ofrecía en un camino la riqueza de sus frutos a los transeúntes, y los hombres le lapidaban”. Leonardo da Vinci. En nuestra sociedad, cuando se planifica un cumpleaños o bien una celebración, se hacen las listas, en las cuales se inicia con los infaltables, luego los que nos gustaría tener y por último aquellos que podrían tomarse en cuenta para invitarlos también. En segunda instancia tiene que tenerse claro por qué nos reunimos y qué pretendemos alcanzar en esta reunión.

Hay una historia grabada en mi mente, que la escuché cuando mi padre se la estaba contando a mi madre. Lo sorprendido se le miraba definitivamente en su relato. Permítame que lo transcriba aquí, y usted haga su conclusión.

En la década de los 40, unos vecinos de mis padres, en la ciudad de Tesalónica, en Grecia, cumplieron con el bautizo de su bebé y luego de la ceremonia, se reunieron amigos y parientes para celebrar este feliz acontecimiento. Era tiempo de invierno, y en el norte de Grecia la nieve y el frío son muy marcados, y la gente cuando llegaba uno tras otro, se les invitaba a que dejaran su abrigo a la orilla de la cama. Avanzada la fiesta los invitados pidieron que trajeran el bebé, y que lo pudieran ver y disfrutar. La madre de la criatura llegó a la recámara para traer el bebé, y cuál fue su sorpresa, la pobre criatura había quedado dormido y enterrada bajo el volcán de abrigos y la falta de aire había terminado con su existencia.

Aquella intención de reunirse para celebrar, se interrumpió y cada comensal fue retirándose de uno en uno, solo para regresar al día siguiente para el velorio y el entierro de esa pobre criatura.

Qué bueno sería que lo que es nuestra razón de la celebración, y el planificar un encuentro invitando amigos y parientes, mantuviera en la atención y el centro de nuestra atención. De lo contrario, la idea inicial se puede perder con mucha facilidad y terminar en algo que nunca tuvimos intención.

Deberíamos seriamente preguntarnos si en esta Navidad hemos invitado al cumpleañero para que ocupe el lugar propio que Él merece, o si a la verdad nos estamos valiendo de Él para tener una oportunidad de reunirnos, y juntar las personas con las que simpatizamos y apreciamos para pasar un tiempo agradable, claro comiendo cosas que nos apetecen y platicar de cosas que a nosotros nos agradan y nos hacen sentir felices.

En muchos de los casos, si usted o yo, caminando por la calle, y pasamos delante de algún convivio navideño, y nos detuviéramos unos minutos para escuchar la plática de los comensales, la música, los reclamos y aclaraciones, ¿podríamos concluir que es una reunión de Navidad o simplemente es una reunión más?

O un paso más allá, si este convivio fuera la última Navidad para compartir con mis seres queridos o mis amigos más apreciados, ¿podría decir que valió la pena y no tengo nada qué apenarme?

De todos modos, ¿quién me asegura que en la próxima estaré, o todos ellos estarán? Pensamos que todo el tiempo es nuestro, y que nada nos puede ir mal. Pero nadie nos lo puede asegurar. Seamos más sabios, reconociendo la fragilidad de la vida y las oportunidades únicas que la vida nos ofrece. Deberíamos redefinir qué cosas nos hacen felices cuando nos reunimos y qué invertimos en las vidas de los que nos rodean en esta fecha tan particular, por lo que la Navidad significa.

Por. Samuel Berberián

 

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